Dôjô: un hogar que compartir

Dôjô: aquí se recorre un camino.

Dôjô, un término japonés que significa literalmente “lugar para el camino”. Estos lugares estuvieron, en su inicio, vinculados y unidos a templos. Aunque el término se refiere de forma habitual a un lugar en el que se entrena un arte japonés () ahora se considera un lugar de reunión habitual para estudiantes de cualquier estilo de arte marcial japonesa como Karate, Judô, Kendô… entrenamientos de conducta, exámenes y otros encuentros relacionados.

El concepto de un dôjô como un lugar de entrenamiento de artes marciales es un concepto occidental. En Japón cualquier instalación para entrenamiento físico, incluyendo las escuelas de lucha, pueden llamarse dôjô por su cercanía a las raíces de las artes marciales.

Un dôjô de artes marciales Japonesas que se precie es considerado un lugar especial y bien cuidado por aquellos que lo usan. Dentro no se llevará calzado, de hecho en muchos estilos es tradicional llevar a cabo una limpieza ritual (sôji) del dôjô al principio y/ o al final de cada una de las sesiones de entrenamiento. Además de las ventajas higiénicas de la limpieza habitual del lugar, también sirve para reforzar el hecho de que el dôjô se supone mantenido y gestionado por todos los estudiantes, no solo por los instructores. Esta actitud se ha perdido en muchos dôjô modernos que han sido fundados y gestionados por pequeños grupos de gente o instructores. De hecho, no es infrecuente que en escuelas tradicionales (koryu), los dôjô rara vez se usan siquiera para entrenar, siendo reservados en lugar de ello, para ocasiones más formales y simbólicas. El entrenamiento real se suele llevar a cabo fuera del establecimiento o en un área menos formal.

shomen

Muchos dôjô tradicionales siguen un patrón preestablecido con un shomen (“frente, frontal”) y varias entradas que se usan en función de los rangos de los estudiantes y los profesores. Habitualmente, los estudiantes entrarán por la esquina inferior izquierda, tomando como referencia el shomen y los instructores en la superior derecha. Un shomen habitualmente contiene un kamidana,- una zona para un altar Shintô y otros artefactos. El término kamiza (“lugar más alto”; lugar de honor y respeto de una estancia) suele ser confundido por los artistas marciales con el kamidana (“lugar para dioses”; altares que se proveen para un lugar de respeto a divinidades Shintô). Otros artefactos pueden mostrarse por el dôjô: un kanban que autoriza a la escuela en un estilo y objetos como tambores taiko o armaduras (yoroi). No es raro ver el nombre del dôjô y el dôjô kun (“reglas del dôjô”) en un lugar prominente cerca del shomen. Los visitantes también suelen disponer de un lugar reservado, dependiendo de su rango. Las armas y otro equipo de entrenamiento se encontrará con normalidad en una pared trasera.

kun

Con esta definición y aclaraciones nos debería bastar para empezar a entender la formalidad del concepto que estamos tratando.

Ahora bien, un lugar como el que se describe aquí arriba implica ciertos conceptos que, más allá de descripciones de lugares, contenido o costumbres, deben ser comprendidos por quienes “usan el dôjô“. Estos, sean alumnos o instructores no son gente que pase por el dôjô y punto. Forman parte de él. Durante más o menos tiempo, con mayor o menor intensidad, con más o menos implicación.

A mi me gusta pensar en mi dôjô como en un segundo hogar. Y las personas que están en él no son meros compañeros: son hermanos a los que debemos respetar y a quienes debemos pedir el mismo trato. Es un lugar donde COMPARTO experiencias con gente muy próxima a mi. Que COMPARTE, no una afición, si no la práctica de una o varias artes. Y este lugar, como segundo hogar, merece respeto. Algo que muchas veces olvidamos.

taiko

En unas ocasiones por gente que viene y no volvió y otras porque los propios que entrenamos allí nos despreocupamos. Al final, perdemos las ventajas que ofrece un dôjô a diferencia de un gimnasio. Un gimnasio nos ofrece un servicio y por él pagamos. Recogemos nuestras cosas y nos vamos a nuestra casa. La parte monetaria es meramente representativa de la colaboración para con las necesidades estructurales de la “casa”. Un dôjô nos requiere implicación, y eso es más caro que el dinero.

Casos de desapariciones de material de entrenamiento, mal uso y deterioro de las instalaciones, todas las normas que se pueden romper estando en este lugar hacen de nosotros un poquito menos budôka. Deberíamos meditar sobre esto.

No quiero decir que no se pueda estar en un ambiente distendido. Un hogar tiene cabida para ello, pero el descomedimiento está desaconsejado. Al fin y al cabo practicamos artes que en otra época servían para defender a seres queridos de agresiones. ¿Qué le ocurrió a Musashi cuando fue sorprendido relajándose en el baño? Pues que decidió no volver a bañarse para no perder más combates. Sí, esta reacción es exagerada, pero detalla lo que os quiero explicar: que no podemos distraernos más de lo normal. Hoy en día nadie (espero…) va a venir a atacar nuestro dôjô para retar a nuestro sensei y matar a los alumnos en duelo singular, pero la idea de observancia acerca de todo esto alecciona nuestra atención y nuestros reflejos. Y el carácter del practicante mejora.

Todos nos relajamos en el lugar donde entrenamos, pero también hemos de tener en cuenta determinados aspectos que a veces pasamos por alto:

  • El material que aportan quienes gestionan el dôjô ha de ser respetado y tratado con cuidado. Y ni hablemos de llevárnoslo a casa sin permiso. O al mercado negro… por esto tenemos que ser conscientes también de lo que hacemos cuando compramos material de segunda mano. Si la fuente no es fiable, quizá estamos convalidando un delito. Además: en la práctica de Kendô, el material no es precisamente barato.
  • El material que aporten los alumnos debe recibir el mismo trato que el anterior. Estos dos puntos no se limitan de forma estricta a material de entrenamiento, si no a cualquier aportación de la que podamos hacer uso compartido y que no sea nuestra.
  • Las instalaciones del dôjô han de quedar, una vez cesamos la práctica, como mínimo, en el mismo estado en el que las encontramos. Nunca peor. Y si podemos hacer algo por mejorarlas, lo haremos.
  • Está muy extendida la práctica de artes sin protección en los pies: esto implica que hemos de ser extremadamente cuidadosos con la higiene del lugar.
  • Antaño se tenía la creencia de que los lugares destinados al entrenamiento eran lugares bajo la vigilancia y protección de divinidades (recordemos los conceptos de shomen, kamiza, kamidana…). Debemos intentar ser conscientes, aún sin creer en “estas cosas”, de que nuestra práctica está puesta a examen en todo momento. La falta de atención haría que esas divinidades abandonaran el lugar y ¡perderíamos su protección!
  • Nuestro carácter ha de ser lo suficientemente estricto para, dentro de unos márgenes de educación y discreción, corregir a quienes no respeten el dôjô.
  • Igualmente, ha de ser lo suficientemente autocrítico para que nuestras actitudes no desacrediten las correcciones del punto anterior.
  • En los momentos en los que nosotros no practiquemos, pero sí haya otro profesor impartiendo una clase y alumnos atendiendo al profesor, seremos respetuosos con su trabajo y nos mantendremos en silencio o trataremos de no elevar nuestra voz o hacer ruidos que puedan molestarles. Si practicamos con armas, una distracción puede ser peligrosa.
  • Igualmente, esperamos recibir este trato por parte de los otros miembros del dôjô.

Estas son algunas directrices que se me vienen a la cabeza. Quizá se pudieran escribir muchas más. ¿Cuáles se os ocurren a vosotros?

El problema de la dialéctica en Kendô

Hoy trataré de exponer una analogía entre la dialéctica, entendida como el uso que damos al lenguaje, y cómo explicar determinados conceptos por exposición de contrarios. Es algo farragoso para mí, hablar de determinados conceptos en los que puedo (y debo) ser corregido, pero quiero escribir este artículo para hacer llegar a los lectores de este, su blog, lo que siento al explicar y/o entender ciertas lecciones en el camino del aprendizaje del Kendô. Espero que no os resulte demasiado aburrido.

En ocasiones, la dificultad de explicar un concepto que “se siente” en lugar de “estudiarse” recae en un concepto muy propio y personal tanto del que recibe la clase como del que la está impartiendo. Yo soy partidario de incluir una explicación dialéctica que pueda servir como barrera entre lo que se quiere evitar (antítesis) y lo que se pretende explicar (tesis). Veamos un ejemplo que suelo emplear cuando quiero corregir una postura de kamae incorrecta, a alguien que está empezando a entrenar. Y voy directo al punto que me interesa.

Relajar la postura de los brazos es básico. Los brazos en kamae han de estar en posición firme, no tensa. Deben estar algo flexionados, no doblados. Nunca bloqueados. El kamae ha de ser consecuencia de la fluidez, no de la rigidez.

En estas frases remarco los opuestos dialécticos. Como es lógico, esto debe estar acompañado de una demostración práctica que cada uno debe sentir. La persona que está aprendiendo debe ser capaz de notar la diferencia entre “firme” y “tenso”. Pero si desde el inicio nos esforzamos y somos capaces de transmitir esa diferencia por medio de palabras que se puedan relacionar con sensaciones, tanto el aprendizaje como la enseñanza se harán más sencillos en el futuro.

Aportar ejemplos a una explicación es tan positivo como relajar una lección con un poco de humor cotidiano: ayuda a que el alumno pueda establecer un recuerdo positivo sobre lo aprendido. Si nos limitamos a soltar la teoría y esperamos que sea el alumno el que la razone, nuestra pedagogía se queda coja. Un profesor debe saber cómo ayudar al alumno a que lo que se está enseñando permanezca o venga a la memoria lo más rápido y efectivo posible. No convertir a los practicantes en máquinas de repetir ejercicios “porque sí”.

La dialéctica nos sirve para provocar una respuesta ante un concepto que hemos lanzado. Si yo digo, en el ejemplo anterior, “kamae” pretendo recibir como respuesta “firmeza”.

Otro concepto sobre el que hemos estado trabajando de forma reciente en Zanshin Madrid es presión. Presionar para hacer seme.

No empujamos haciendo fuerza con la mano derecha: presionamos con ambas manos. No hacemos fuerza hacia un lado, sea izquierdo o derecho: nos superponemos al centro del shinai del rival presionando desde arriba con te no uchi y empleando brazos y cadera.

En este caso, nuestra dialéctica apunta a “presionar” en contraposición a “hacer fuerza”. Esta presión está orientada a capturar el centro y obtener así la ventaja primordial que en Kendô se requiere para un ataque “ideal”. Si en lugar de sentir esa presión, el oponente siente que hacemos fuerza, casi de modo invariable reaccionará quitando su shinai y provocando que nuestra “fuerza” se desaproveche, entregándole el centro al salirse la punta de nuestro shinai de la silueta de su cuerpo. Y esa es una zona de la que no debemos apartar nuestro arma.

Si extrapolamos todo esto a un terreno más filosófico, la dialéctica se puede apreciar en estos ejemplos, no solo a nivel léxico, si no que puede acompañarse de cierta verificación de “las tres leyes de la dialéctica”:

  1. Ley de transición de la cantidad a la cualidad: podemos extender nuestra demostración del par firmeza/tensión en tanto en cuanto un exceso cuantitativo de firmeza acaba por convertirse en tensión negativa. Asimismo, la presión positiva deviene en fuerza negativa por efecto de un aporte excesivo de fuerza (o Newtons, si lo preferís así ;) ).
  2. Ley de la unidad y lucha de contrarios: como vemos en nuestros ejemplos de Kendô estoy apoyando mi dialéctica en una experiencia por pares opuestos. La dialéctica formal expone que los contrarios, a la vez que “luchan”, son uno. Este concepto también se maneja en la filosofía oriental (en el Zen, por ejemplo), separando el ser del concepto del no-ser, de forma léxica, pero no conceptual: el “ser” no tiene sentido sin el “no-ser”. En el simplista ejemplo del vaso, el “no -ser” da validez a su “ser”. Es decir, el vacío del vaso es lo que le da la propiedad de ser útil.
  3. Ley de negación de la negación: ante la pregunta “¿cómo voy a presionar sin hacer fuerza?” Ésta es la explicación de la negación de la negación, complementaria a la primera ley. Sí, de forma práctica la presión se consigue haciendo fuerza, pero el concepto de presión o tensión sin hacer fuerza da como resultado un estado nuevo y positivo que proviene de ambos conceptos, sea la consecución de un kamae correcto o el dominio sobre el centro.

Esto que parece tan abstruso se simplifica muchísimo cuando se explica de viva voz. Es quizá por la parte que se refiere a la entonación o a la posibilidad de aportar ejemplos visuales que  validen todos estos conceptos. Leer acerca de Kendô es fácil pero poner en práctica lo que se lee, sin la guía apropiada es muy difícil. Lo es incluso teniendo esa guía, cuando menos de forma autodidacta.

Un pedacito de sueño

Comienzo a escribir este artículo el viernes día 26 de abril, víspera del evento. De aquí al día en que se publique, puede que algo haya cambiado, tanto en el artículo, como en mi o en mi entrenamiento. La idea que subyace es que, pase lo que pase, el martes volvamos a entrenar una vez más.

El sábado día 27 de abril se celebrará el campeonato de Kendô de la Comunidad de Madrid. Más allá de animar a mis compañeros (y en general, a todos los participantes, por supuesto) y que el sábado no habrá clase “normal”, este evento cambia algo de mucha relevancia tanto en mi práctica como en mi enfoque a cierta parte del Kendô. Y a continuación os explico el porqué.

EJKF

Mi libro de cabecera

Desde cierto momento en mi “vida al rededor del Budô“, algo dentro de mi sabía que impartir clases de Kendô formaba parte de mis sueños. Ésta ha sido una de las razones de que me haya mantenido en el Kendô. No diré la más importante pero tampoco la de menor relevancia. Y este sueño sí tiene mucho peso entre los demás. Se ha sobrepuesto a muchos otros en mi vida personal, se ha mantenido como un compañero fiel, me ha sacado a flote en muchas ocasiones y me ha tendido esa mano que tanto he necesitado en los últimos meses.

Comoquiera que sea, esa mano “onírica” se hizo material el jueves pasado. En realidad, una parte de mí se pregunta -dados la inconstancia y el estado físico reciente- por qué ha sucedido. Por qué mis profesores han decidido dejar a mi responsabilidad una clase. Otra parte de mí sabe que puedo hacer frente a esta oportunidad. Agradezco de forma muy profunda que vuelvan a hacerme depositario de esa confianza. Y que sigan teniendo paciencia infinita con este kendoka.

He estado revisando apuntes, haciendo los propios, planeando ejercicios, revisando documentación, haciendo histórico de mis entrenamientos, midiendo tiempos… No es sencillo. He escrito, leído, reescrito y releído los mismos ejercicios varias veces. Los puntos sobre los que hay que incidir, los que potenciar y los que medir con mayor o menor tiento.

Borrador

Menudo lío… y ahora ¿cómo encajo los kakari geiko?

Una de las cosas que más miedo me da es que no me dé tiempo a completar la lista de ejercicios que he planeado. La falta de experiencia en estas lides genera un poco de inseguridad, pero a lo largo de la mañana del sábado podré ver los resultados del “planning”.

También me preocupan las correcciones que tenga que hacer. Prestar atención a los alumnos para poder apuntar ciertos detalles en los ejercicios a realizar, saber sacar la pedagogía de lo que yo puedo aportar y tratar de explicarlo para que puedan aprovecharlo. Saber qué demostraciones hacer y cuáles no hacer. Estar pendiente de todos estos detalles… ser profesor. Aunque sea una sola mañana, no es tarea sencilla.

No solo he de tener conocimiento de lo que enseño o quiero enseñar, si no que he de saber explicarlo de forma que lo entiendan otras personas que pueden ser, y son, diferentes a mi. El “cómo aprende” un determinado tipo de alumno… Esto, con mucha probabilidad, es lo que más me preocupa: explicar conceptos demasiado avanzados para alguien que, por sus tiempos de práctica, no pueda asimilarlos y se convierta en una influencia negativa, más que en una aportación positiva.

Editado (día 30 de abril): A toro pasado ya puedo decir que he tenido que tirar un poco de improvisación. Decidí ponerme  el bogu completo para no dejar un alumno parado más tiempo del necesario. Esto es, que esa persona hiciera el ejercicio que tocara y que yo pudiera prestar atención a los demás para, acto seguido, explicar detalles sobre el ejercicio, humildes correcciones y explicar la siguiente “técnica”.

También me he dado cuenta de que no he podido hacer todos los ejercicios que tenía planeados. Teniendo en cuenta que vino algún alumno que hacía las técnicas hiki por primera vez, puedo felicitarles por la práctica que hicieron. Quisiera agradecer a los alumnos que acudieron a la clase su asistencia y predisposición y en particular a Miguel Ángel Gallego y a Manuel Márquez Rodas por echarme un cable con los chicos nuevos y con las demostraciones de las explicaciones.

Borrador

El “men dô”, ¿lo pongo aquí? Espera… mejor aquí…

Y hay gente que se dedica a menospreciar el trabajo de los profesores. ¡Qué gran necedad!

En fin… me estoy metiendo en camisas de once varas. Son conceptos que quiero tener presentes, pues como he dicho al principio del post, impartir clases de Kendô es un pedacito de sueño. De mi sueño.

Tan solo dos combates más

Seriales

Hoy escribiría un artículo de abrazos y alegrías y felicitaciones y demás. Pero, sin negar la alegría que se siente al pasar una prueba de grado (en mi caso tercer dan de Kendô), no quiero salir de la autocrítica. Y esta viene sobre todo por los nervios, la tensión, la falta de relajación, la consecución de concentración (la autocrítica no siempre ha de ser negativa) y al final, el logro de superar el reto.

No miremos hacia otro lado. No comparemos este tipo de examen con otros. No tiene comparación posible. Cada uno lleva su estudio (del latín studium: aplicación, celo, cuidado) y su esfuerzo, sin embargo, las características de las artes marciales hacen de estas pruebas ocasiones especiales. En mi caso particular, has de hacer tu examen con otra persona delante, que más allá de querer dificultarte el examen, hará lo posible por aprobar el suyo. Y teniendo en cuenta las relaciones que se establecen en el ámbito del Kendô, es probable que intente facilitarte tu propio trabajo en el intento.

Antes bien, hay que superar esa zona de sensaciones comunes a una fecha señalada como es la del “examen de grado”. Me refiero a los nervios y la tensión. Ambas son factor determinante en tu postulado. Incluso con ellas encima o susurrándote al oído es posible pasar (yo soy claro ejemplo: soy muy nervioso y he pasado), pero está claro que quitarse de encima estos lastres facilitan el camino.

Y, ¿cómo se hace entonces si no te sacas de encima la tensión? Bueno, en mi experiencia ha sido trabajo y constancia. Entrenar todo lo que se puede. El esfuerzo tiene recompensa, aunque sea en forma de grado. Tratar de seguir los consejos de tus guías, quienes, a pesar de desesperarse con tu falta de “puntería” para adecuar tu práctica a su enseñanza, siguen teniendo fe en ti. Hasta que lo consigues. O no. Pero si trabajas a diario, “aprobar un examen” es lo de menos. El día siguiente, como dice aquí el Kendoka de Fortuna, seguirás siendo igual de malo que antes del examen.

Foto by Fair Ithilien. Estropeada por mi.

Foto by Fair Ithilien. Estropeada por mi.

Llega un punto en la repetición de los ejercicios, con concentración y espíritu correcto, que, en palabras de Takizawa Kenji sensei, un día la técnica funciona. Y al día siguiente, vuelve a salir. Y entonces te das cuenta de que has aprendido algo que incluir en tu “repertorio” de cosas que has aprendido y recursos disponibles. Pero, y citando de nuevo a un miembro de la familia Takizawa (esta vez a su padre Takizawa Kôzô sensei), para eso no hay que leer muchos libros: “Hay que hacer keiko“.

Aún tengo mucho que reflexionar acerca de mi nuevo grado. Este artículo se quedará incompleto durante mucho tiempo, me temo. Porque uno no deja, perdón, no DEBE dejar de aprender nunca. Del día a día, de los que nos rodean, de los nuevos entrenamientos, de quienes nos apoyan, de aquellos a quienes apoyamos, de nuestros errores, de nuestros aciertos. La lista es larga y hay que aprovecharla, porque todo ello nos lleva a una nueva prueba.

A la vista de los vídeos de mi examen, no estoy contento con los combates. Lejos de defraudarme y venirme abajo, esto me empuja a seguir entrenando, pedir trabajo y consejo y “hacer más keiko“.

Serial

Este examen ha sido culminación de un año que, quienes me conocen, saben que ha sido un maldito infierno. Y con infierno no me refiero a “huy, que año más malo”. No. Me van a perdonar la grosería: un puto y maldito infierno (y en cierto aspecto, lo sigue siendo en menor grado). Y esto es lo primero que saco en claro de haber pasado la prueba: pocos males hay que no puedan superarse.

Para mi, esta prueba era un objetivo importantísimo, incluso al margen del Budô. El caos interno con el que empecé a entrenar el año pasado se ha transformado gracias a recuperar poco a poco mi camino en el dôjô. Junto a mis compañeros y hermanos (y hermana, a la que contamos también entre los kenshi de Zanshin y desde hace poco entre los escritores Kendoka en Little Kendoka).

Todo este año, no solo con el examen superado, me he dado cuenta de que no hay que darse por vencido ante la adversidad, por mucho que arrecie. No hay que conformarse con lo que tenemos, simplemente porque estemos cansados o por que no tengamos fuerzas o ánimo para buscar. Hay que intentarlo. Sacrificarse. Tener claro el objetivo y no ceder ante la adversidad. Nunca. NUNCA.

“Si quieres, puedes” es una frase tan manida, pero a la vez tan cargada de realidad que hay que tenerla presente. Siempre. Aunque no se cumpla el cien por cien de las veces que queremos.

Todos, en nuestro corazón, en nuestro fuero más interno, seamos o no artistas marciales, tenemos una potencialidad de guerrero. Reside ahí, oculta, quizá acallada por la pereza o las malas experiencias, pero se puede desempolvar y sacarla al exterior. Hacer uso de ella, del espíritu del guerrero que nos ayuda a entrenar, levantarnos cuando caemos, echar una mano a un amigo necesitado incluso estando mal nosotros mismos, no cediendo en nuestros objetivos vitales si con certeza los deseamos, no sustituyendo el “querer” por el “qué remedio”.

A lo largo del camino he visto a personas de mi entorno darse al desánimo. A esas personas les digo: Vivere aude. Porque vivir prescindiendo de lo que más quieres es fallarse a uno mismo.

Vivir con miedo es penoso. Es un camino de ignominia conocida. De lamentos futuros y recuerdos de oportunidades perdidas. No perdáis de vista estas palabras: Vivere aude.

Foto by Fair Ithilien. Estropeada por mi.

Foto by Fair Ithilien. Estropeada por mi.

Derrotamos a la adversidad día a día. ¿Por qué no hora a hora? ¿Minuto a minuto? ¿Decisión tras decisión? ¿Latido a latido?

Si yo he sido capaz de sobreponerme a este año pasado, de volver a entrar en esta “rueda kármica” que me había expulsado de la ruta en la que debía estar, de presentar un ejercicio que un tribunal formado por importantes personalidades del Kendô nacional han valorado como apto para el grado de cinturón negro tercer dan, es porque todos podemos. Pero necesitamos trabajarlo. Esforzarnos. Estudiar. Recuerdo un artículo en el que hablaba de sacrificio. Pues de eso, también hay que tener una medida.

Recordad esto: todos tenemos que ser cinturón negro de nuestra propia vida.

Takashi Katsurou (III): El silencio, la montaña y lo inevitable.

El general Unicornio hacía gala de una larga melena naranja y un enorme bigote a juego. Cuando hablaba su voz era más un estallido de sonido, inclemente con los oídos de los que le prestaban atención. Katsurou hacía esfuerzos para no cambiar la expresión de su rostro al escucharle. Cuando se acercó a él, pensó que empezaría a sangrar por las orejas. Por fortuna, no fue así.

- Así que este es el niño Takashi del que tanto me han hablado en los últimos meses- siseó VanMeer mirando al joven de arriba abajo-. Espero que des un buen espectáculo. Tenemos un enviado de los Otomo entre el público.

Era en verdad alto, el Moto. Y corpulento. Desde luego su hijo tenía a quién parecerse, a pesar de los ojos rasgados y su tez cetrina, rasgos más propios de su madre. Sin embargo, y aunque al samurai no parecía importarle, pertenecía a la familia perdida de su clan, algo que sembraba la desconfianza de los reunidos en el patio de armas del pequeño castillo. Y eso era algo que quedaba patente en las expresiones de la gente.

Con toscas palabras declaró inaugurado el torneo, una vez hubo explicado en qué consistirían las pruebas del evento. No era nada muy original, pero sin embargo sí parecía hecho a propósito para que su hijo se convirtiera en campeón de algo, cosa que no parecía probable en otras ciudades del Imperio sin una pequeña… ayuda extra.

Las dos primeras pruebas, ambas a caballo, sin duda alguna, cayeron del lado de Yeung, quien a pesar de su torpeza, hacía gala de su exquisita preparación equina. El tiro con arco sobre montura y la prueba de velocidad, dejaron constancia de que, tras el Unicornio destacado, el candidato Bayushi provenía de fuera de la capital. Con probabilidad sería descendiente de uno de los que decidieron salir del Imperio para hacer su vida en las Arenas Ardientes.

Al finalizar la segunda prueba montada, Yeung sin embargo parecía nervioso. El combate cuerpo a cuerpo que continuaba parecía terreno de Katsurou. Todo torneo Imperial que se precie, máxime cuando tiene un testigo de la línea de Hantei, ha de ofrecer un buen duelo de iaijutsu. Y el de VanMeer no iba a ser menos. Aunque no fuera el fuerte de su hijo, seguro que de algún modo se podría hacer que el chaval se saliera con la suya.

El participante Escorpión, apresurándose desde un lateral del shiai-jo donde se celebraría la prueba, se acercó a Katsurou con gesto preocupado.

- Katsurou- dijo sin mirarle directamente a los ojos-, quizá esto te parezca extraño viniendo de un Escorpión, pero ándate con ojo. La dama Shosuro que me acompaña me ha confiado un secreto.
- No sé si prestarte oídos o manos, Shikamoto.
- El Otomo anda detrás de un acuerdo comercial con VanMeer y creo que uno de los shugenja Ide que rondan por aquí conoce el ritual del Mal Karma. Ahora, préstate las manos a ti mismo. Yo he hecho lo que debía.

Katsurou se ajustó el tare sin siquiera mirar al Bayushi a la cara.

- Y, ¿por qué lo haces, Bayushi?
- Mira, si hay algo que me cae peor que un Grulla engreído es un León. Un León cualquiera. Y peor si el que me gana es un Unicornio paleto. Y sé que al León y a cualquiera de nosotros tu nos puedes comer con arroz en esta prueba- le guiñó un ojo-. Shosuro sama te conoce bien, no me preguntes por qué, y parece que le has caído en gracia. Si pierdo contigo no hay problema, al fin y al cabo eres bueno en lo que haces y se te supone vencedor. Pero con un campesino extranjero… ni hablar. Eso no lo quiero ni en pintura. Y para eso necesito que ganes a Yeung a pesar del hechizo.

Katsurou enarcó una ceja

- Y ¿por qué no denuncias el caso?
- ¡Ja!- rió Shikamoto- ¿Un Bayushi denunciando una ilegalidad en un torneo? Y además implicando a un miembro de los Otomo. O eres tonto o no tienes sentido alguno en la cabeza.
- El Mirumoto es un buen duelista- contestó Katsurou-. Me enfrenté con él cuando estudiaba en la escuela Dragón y…

Shikamoto abrió mucho los ojos.

- ¿Cómo?
- Erm, sí. Fui de intercambio bajo la tutela de Togashi Seisetsu Mirumoto no Yoda.

Si cabía, el Bayushi se asombró más aún.

- ¿Togashi Yoda?- preguntó casi en voz alta- Pero, ¿tu sabes quién te ha estado entrenando, cabeza loca?
- Perfectamente. ¿Por?
- No, por nada… allá tu y tu familia de… locos- concluyó el Escorpión-. A lo que iba, que tengas los ojos abiertos y no me des muy fuerte cuando nos toque juntos.

Palmeó uno de los hombros de Katsurou y se alejó con media sonrisa, hacia el lugar donde la dama Shosuro descansaba, bajo un parasol y tras su máscara de negro encaje. Cruzaron dos frases y ella miró con interés al joven Grulla. Sonrió ligeramente y Katsurou sintió que la sangre se le agolpaba en las sienes. Sería perversa, pero de belleza y cierto morboso encanto estaba sobrada. Ella asintió con levedad en dirección al muchacho y él trató de responder, consiguiendo tan solo trastabillar mientras se levantaba del seiza.

El torneo de Iaijutsu dio comienzo. El primer combate fue extrañamente rápido. Yeung derrotó con facilidad a Akodo Daigoku, un León delgado pero de brazos fuertes y movimientos ágiles. Y aún así, frente al aparentemente torpe Unicornio, un pequeño resbalón hizo que el bokken de Yeung llegara a la cabeza del Akodo con claridad meridiana. El público aplaudió la maniobra del chico y el padre, orgulloso desde la zona de huéspedes del pabellón se limitó a gruñir bajo el poblado bigote naranja.

A Katsurou le tocó combatir con Mirumoto no Fujiitakano Shiikake. Entre ellos había cordialidad. Fujiitakano y él habían sido amigos durante sus estudios en la escuela de Yoda y se saludaron con sinceras sonrisas en los rostros, gesto que el público agradeció con un elegante aplauso de ánimo. Sin embargo, en el momento del duelo, cuando ambos contendientes habían desenfundado sus espadas, las amistades desaparecieron del shiai-jo y se convirtieron en dos luchadores de talla casi irrepetible. El duelo fue vistoso a ojos de los expertos y muy difícil de arbitrar. Tan solo hubo dos movimientos y casi todo el combate fue interior a ambos espadachines. Al final, cuando la tensión entre ambos hacía rechinar los dientes entre los espectadores, ambos se movieron como el rayo. Sus bokken apenas rozaban el cuerpo del oponente en unas posiciones casi perfectas.

Antes de que ningún juez pudiera dictaminar sentencia, ambos volvieron a sus puestos y se saludaron con una corrección envidiable. El público estaba ansioso por conocer el resultado. Fuera del terreno, mientras desde seiza se despojaban de las protecciones para las piernas, cruzaron palabra al fin:

- ¡Takashi sama, seguís siendo veloz como un rayo caído del mismísimo Tengoku!- reconoció Fujiitakano.
- He vuelto a tener suerte, Fujiitakano sama. Seguiremos empatados a victorias en nuestra cuenta particular.

Sin dejar el seiza, se volvieron a saludar y de inmediato se levantaron para poder presenciar las siguientes eliminatorias, en un ambiente distendido, como si no hubiera pasado nada de relevancia. El público estalló en una ovación increíble. Incluso el Otomo se había levantado del asiento de preferencia y aplaudía con solemnidad.

En la siguiente eliminatoria, Hida Ken se enfrentaría a Bayushi Shikamoto. El grandullón Hida fue tocado dos veces por el veloz Bayushi antes de que pudiera apenas darse cuenta de qué había sentido en ambos hombros. Con una fuerte risotada, apretó al Bayushi en un abrazo brutal que dejó a Shikamoto casi sin aire.

- ¡Menudo bicho estás hecho, Shikamoto!- bramó el jovial Cangrejo- ¡La próxima vez no tendrás tanta suerte!

La siguiente eliminatoria enfrentaría a Yeung con Katsurou. Al joven Takashi le rondaba la cabeza el aviso de Shikamoto, pero intentaba alejarlo de sí mismo concentrándose en su tarea. Mientras se preparaba para la pelea, la dama Shosuro se le acercó desde la parte exterior del recinto:

- Takashi san, no descuidéis vuestra guardia- pudo oír. La voz era como el dulce sonido de un reguero de agua cristalina que discurre entre dos montañas, empero, había algo venenoso en ella-. No dejéis que nuestro aviso caiga en saco roto. Espero que podamos disfrutar de una buena victoria para vuestra reputación esta velada.
- Gracias, Shosuro san- replicó con torpeza-. Siempre intento dar el máximo de mi.
- Bien, ansío poder verlo y que sea digno de ser contado. Mis mejores deseos están con vos.

Katsurou volvió a sentir que algo palpitaba en su cabeza y tuvo que reiniciar su concentración. Al poco, volvía a estar centrado en el combate. Visualizaba el resultado del duelo y no entendía por qué pensaban que podía perder un duelo con Yeung. El resultado estaba más que claro.

No se esperaba Yeung que Katsurou fuera tan certero y rápido. A pesar de pisarse la hakama en el acercamiento, el Takashi se repuso y consiguió poner el bokken en el pecho del Unicornio justo antes de que este le tocara en el brazo izquierdo, donde quedaría una bonita moradura que dolería un par de días.

- ¡Buf!- resopló VanMeer desde el estrado- Si no hubiera sido por el resbalón, casi aseguraría que el Grulla habría sido capaz de empatar a mi hijo.

Los árbitros sin embargo opinaron de otro modo.

- ¡Hikiwake!- “empatados”, resolvieron- ¡Habrá un combate de desempate!
- ¡¿CÓMO?!- gritó Yeung- ¡He ganado claramente! ¡Este débil samurai no sería capaz de ganarme ni en un año!

Entre los espectadores, Fujiitakano se llevaba una mano a la cara.

- ¿Qué pasa, Takano?- preguntó Ken, el Hida.
- Está claro que Yeung no tiene posibilidad alguna contra él- respondió Shikamoto.
- ¿De veras?- preguntó Shiba Kaiko, la joven shugenja Fénix, que no participaba hasta la segunda ronda.
- Claro como el vidrio limpio- sentenció el Dragón.

Pero Yeung no opinaba igual. Rojo de ira, lanzó el bokken a una esquina con un estruendo horrible, mientras su padre se levantaba tratando de controlar su reacción. Yeung desenfundó su sable. Un no-dachi propio de su tamaño. Su padre extendió en vano su brazo derecho para detener a su hijo.

- ¡Pues si hay desempate será con filo real!- gritó

El público espetó un grito de asombro.

- Me niego- contestó Katsurou-. Es inútil y un riesgo innecesario. No he venido aquí a ofender a vuestro padre o a vuestra familia derramando sangre. Sea mía o no.
- ¡Cobarde!- insultó el Moto- ¡Eres un débil cobarde! ¡Desenfunda tu katana!

Katsurou miró a la grada. Allí, VanMeer, brazos en jarras y en pie, se sentaba lentamente mientras la mano del Otomo tiraba de él hacia el asiento. Ambas personalidades consentían el duelo a espada y a él no le quedaría más remedio que llevarlo a cabo. Hundiendo su cabeza entre los hombros, Katsurou se volvió hacia su equipo, dejó el bokken en su funda y sacó la bella hoja Takashi de su funda.

Sasatome, el Unicornio que le había acompañado en su viaje se acercó a él:

- Katsu, estás en un lío. Pero no se lo tengas en cuenta…
- Tranquilo Sasatome. Lo único que me preocupa es todo este sufrimiento inútil.

El Unicornio asintió con comprensión y ayudó al joven a guardar su equipo. En la cabeza de Katsurou sólo había una palabra: Kôri (hielo), el nombre de su espada, herencia de su abuelo, ahora que su padre había legado sus poderes en el muchacho. ¿Probaría Kôri la sangre antes de tiempo?

La fuerza con la que Yeung se arrojó sobre Katsurou hizo imposible que el joven Takashi evitara la herida. Y, por supuesto, no se iba a dejar matar. Kôri cortó al Moto de parte a parte, desde la axila derecha hasta la cadera izquierda. Yeung cayó al suelo sin derramar una sola gota de sangre hasta que estuvo bien quieto en el pavimento.

Los ojos de los espectadores se estremecieron, transidos de dolor. Un joven muerto a esa edad no era un buen augurio para ninguno de los presentes.

VanMeer, atónito y boquiabierto se levantó poco a poco mientras los heimin se acercaban al cuerpo inerte de su hijo.

Katsurou limpió su apenas manchada espada con un chiburi perfecto y enfundó la hoja sin hacer ningún tipo de sonido audible. De inemdiato, se agachó junto a Yeung y comprobó que el muchacho ya no respiraba. Se tapó la cara con una mano y cerró los ojos del malogrado Moto.

Cuando se alejaba cabizbajo hacia la banda donde reposaba su equipo pudo ver los rostros de sus compañeros de torneo. La shugenja Shiba no podía mirar y parecía sollozar, su rostro oculto entre sus manos. Fujiitakano y Daigoku contemplaban con cierto orgullo al joven duelista, seguros de que había hecho lo que debía. Ken y Shikamoto parecían ajenos a la escena…

Mientras tanto, en el tokonoma, la furia se hacía presente por momentos.

Katsurou recogió su equipo y se encaminó hacia el lugar de respeto del pabellón, donde, arrodillado en seiza, se inclinó hasta tocar el suelo con la frente, viendo la ligera sonrisa del Otomo, sentado tras el pelirrojo samurai.

- Moto tono- comenzó a hablar el Takashi-, siento que en el devenir de este desafortunado incidente haya sido su hijo el que haya caído en mi lugar. Aceptad mis disculpas.

VanMeer, orgullo tocado e hijo muerto, sintió que una oleada de fuego abrasaba su garganta.

- La voz de los Moto suele traer malos augurios, Takashi sama- hablaba el general-, pero en esta ocasión no será así. La desgracia ha tocado al fin a mi hijo y asumo que no es culpa tuya. Sin embargo, el corazón atiende a razones que el espíritu no comprende. Aquí no hallarás amigos y hoy marcharás en paz. Mas, ¡ay de ti si volvemos a cruzarnos, pues no quedará mi mano quieta en la tsuka de mi espada! Tu y tu familia sois declarados hoy enemigos de esta guarnición, mi familia y mis hombres. ¡Cuidáos de nosotros!

Otomo Kurikai se levantó tras él y con la voz del cuervo, levantando un escuálido dedo, habló:

- Katsurou, hijo- su voz heló la sangre del chico-, tu manejo de la espada ha sido tan espléndido como la hoja que usas. Tu abuelo estaría orgulloso de ello.

Cuando parecía que no diría más y que su presencia pasaría por alto, Kurikai carraspeó una vez más:

- …Sin embargo habrás de aprender a guardarla y sujetarla de forma más vehemente. Y me aseguraré de ello en persona.

- Mi honor y mi deber están unidos a los deseos de la línea de Hantei, así como a las de sus delegados Imperiales.

Takashi Katsurou (II): Pequeñas decisiones, largos caminos.

CraneElegido para el torneo del Campeón del Galope Mortal. Menudo honor. Katsurou no podía por menos que menear la cabeza negativamente cuando leía la carta. Un torneo celebrado en tierras Unicornio, organizado por un taisho malencarado de nombre extranjero, Moto VanMeer y que cada año desde hacía tres se hacía solo por glorificar a su hijo mayor, Moto Yeung, que no había recibido una sola herida en todos los concursos.

- Padre, ese tal Yeung no tiene ningún arte ni oficio- protestaba Katsurou-. Tan solo es un tipo enorme y en las reuniones de las últimas cortes invernales en las que ha aparecido tiene atemorizados a casi todos los jóvenes de los demás clanes.
- Y ¿a ti también, Ichiro?- preguntó Ikeda Niimura.
- A mi no, padre. Pero es que yo soy un inconsciente con ganas de morir- bromeó el joven.

Niimura asintió con gravedad mirando al horizonte. Katsurou sabía lo que ese gesto significaba: tendría que presentarse al concurso y ganarlo. Era la forma que tenía su padre de impartir lecciones de humildad: ganar a su rival en su propio terreno. El chico no dudaba de su capacidad para derrotar a Yeung en casi todas las pruebas del torneo, excepto las de equitación, por supuesto (se alejaba de los caballos en cuanto podía). Ahora, ¿cómo sentaría eso entre los adultos de la ciudad de Naga Doro Heigen?

No le dio más importancia en aquél momento. Se limitó a entrar en la casa, preparar su equipaje y esperar con tranquilidad al tiempo de partir. Mientras, su padre se encargaba de responder con un escueto pero elegante “Takashi Jiroemon Senzaburo Katsurou estará honrado de participar” al mensajero Unicornio. Saldrían de viaje al día siguiente, pues la hora ya era tardía y el sol se ocultaba tras el valle pardo de otoño.

La mañana amaneció fría pero despejada. El viaje sería largo y Katsurou tenía la sensación de que el mensajero, Moto Sasatome, además de parco en palabras, podría ser un problema. Con aquella cara pintada de blanco, al estilo de los antiguos guerreros Moto no iba a pasar desapercibido en las fronteras. Los guardias león seguro se comportarían de forma harto molesta con tal de incomodar a un Grulla y a un extranjero pasando por sus tierras. Al menos sus papeles de viaje estaban en regla.

Y así fue. En el primer puesto León tuvieron que aguantar estoicamente las burlas de un par de yoriki Matsu:

- Dos hombretones de cara blanca viajando juntos por estas tierras- bramaba el primero, de nariz aguileña y ojos diminutos-. ¿Hacia dónde vais, pichoncitos?
- Caminamos en dirección a Naga doro Heigen- respondió el Moto.
- No hay más que ruinas allí.
- Son asuntos nuestros, lo que hagamos allí. Tenemos el paso concedido en este lugar.

El yoriki murmuró algo entre dientes.

- Es raro ver tan extraña pareja viajando por nuestros territorios- el otro revisaba los papeles de viaje entrecerrando los ojos.

“Seguro”, pensaba Katsurou. “Lo más probable es que no veáis nada más que el fondo de una jarra de saké”. Con mal gesto, como si hubiera leído el pensamiento del Takashi, el guardia devolvió los documentos al joven.

- Tened buen viaje, samurai.
- Eso mismo- contestó el mensajero Unicornio. Katsurou apenas movió la cabeza como toda respuesta.
- ¡Y que seáis felices el resto de vuestra vida juntos!- rió el primero yoriki.

Mientras los dos leones se quedaban en el puesto fronterizo riendo a carcajadas, los viajeros continuaron su periplo cabalgando con premura para evitar mayores problemas que un par de bromas de mal gusto.

- Y que después nos llamen salvajes a nosotros…- acabó por decir Sasatome.
- No merecen más apreciación, Moto san- respondió el chico con frialdad-. No son capaces de elevar sus burlas mucho más allá de eso.
- ¡Si no fuera por vos, se iban a enterar esos dos de lo que es capaz una buena lanza extranjera!

Katsurou se llevó una mano a la nuca y frotó con fuerza.

- Que no sea yo el que os lo impida… la próxima vez. No son plato de buen gusto para mi o para mi clan este tipo de individuos, mal llamados samurai.

Sasatome gruñó hundiendo la cabeza entre los hombros. Pasó el día entero murmurando entre dientes y no dijo una sola frase más. Muy alegre, el compañero de viaje.

También con frío llegaron a la pequeña fortaleza del militar unicornio. Un castillo adornado hasta el extremo y de colores llamativos que provocó un ademán de sorpresa en la cara de Katsurou. El unicornio que le acompañaba esgrimió una torva sonrisa, como complacido de la reacción.

- ¿Puedo hacer una pregunta, sin que suene maleducado?
- Es posible- respondió el otro-. Los Unicornios no nos ofendemos tan rápido como vosotros.

Katsurou detuvo el caballo, cruzó los brazos y miró el castillo con gesto pensativo.

- ¿Hay algún viajero que no haya visto este castillo desde que fue construído?

El Unicornio rió con fuerza.

- Ah… querido amigo, habéis dado con el objetivo final de nuestro hogar.
- Vale. Lo entiendo- concluyó el Takashi.- Si tienes algo que la gente no quiere ver, lo mejor es enseñar otra cosa de forma exagerada… muy astuto… pero, ¿qué es lo que queréis ocultar?

Sasatome apremió al Grulla con un gesto de la mano y retomaron la marcha por el camino. Le explicó que no era ya ése el objetivo del castillo. Sin embargo, VanMeer no había querido modificar ni la estructura ni los colores para honrar la muerte del primer líder del castillo: Shinjo Ghinghiz. Este héroe al parecer había mantenido imbatida la fortaleza como bastión defensivo y refugio durante toda una campaña contra el clan del León, lo cual era digno de ser loado. Los ejércitos que atacaron el castillo no consiguieron clavar siquiera una flecha en esos muros.

Takashi Jiroemon Senzaburo Katsurou (I): La descendencia de la melancolía.

KakitaEn la habitación, caldeada por las brasas bajo el suelo de tatami y madera, Doji Senzaburo Kimiko se esforzaba por dar a luz, silenciosa ante la atónita mirada de las dos comadronas que la ayudaban. Al otro lado del biombo color hueso, Takashi Ikeda Jiroemon Niimura, el padre de la criatura, sudaba escuchando los esfuerzos de su esposa por alumbrar a su vástago. Después de dos abortos, el nerviosismo del samurai estaba más que justificado. Takashi Chikaranosuke Osaku Motoemon, el padre de Niimura observaba como su hijo se revolvía en el formal seiza que ambos guardaban durante el parto. Al poco tiempo, se hizo un silencio digno de un templo shinto. A ambos samurai se les cortó la respiración durante unos interminables segundos, esperando alguna señal de las parteras. Ni un movimiento tras el papel de arroz. Ni un sonido más allá de un susurro frío como la nieve.

Y, de repente, un llanto. Un sollozo, más bien, y un lamento.

Fuera, la luna llena parecía sonreír con malicia.

Niimura miraba con atención los movimientos de su hijo. Eran fluidos, armónicos, naturales. Cuando el niño meditaba, el vacío parecía concentrarse en torno a su cuerpo. El tiempo se ralentizaba y todo parecía moverse con más lentitud. Y solo tenía cinco años. Aquél mechón blanco en el pelo negro era más que significativo para Niimura y sabía que con él vendría una gran responsabilidad para el muchacho. Y, sin embargo, su corazón estaba dividido en dos pedazos. El magistrado de la ciudad grulla donde vivían había recibido una orden de destino para el niño, al paso de su gempukku como esgrimista Takashi. El orgullo del padre por la elección de su hijo para algún tipo de misión seleccionada por un daimyo menor de la provincia se halló minimizado al leer la asignación. Sería enviado, como muestra de buena voluntad por parte del clan, a tierras dragón, donde sería instruido por Togashi Seisetsu Mirumoto no Yoda en una escuela atípica incluso para los Mirumoto. De ella había salido un reconocido magistrado imperial: Togashi Isenokami Mirumoto no Washimitsu; y los Takashi tenían mucho interés en saber de Yoda más a menudo.

El niño manejaba el bokken con habilidad innata y sería un buen depositario de la espada Takashi de su fallecido abuelo. Pero el wakizashi aún habría de ganárselo en el gempukku. ¿Qué sería de su mechón cuando iniciara sus estudios Mirumoto?, se preguntaba Niimura. ¿Se volvería verde? ¿Dorado? ¿O simplemente desaparecería? Una muestra tan evidente de sangre Takashi iba a perderse en un tratado meramente político, arbitrario y puntual. El samurai no tenía ya, a su edad, ningún confesor a quién contar su preocupación. Su mujer había muerto en el parto de su único hijo, su padre en la última patrulla en tierras León y su madre, demasiado anciana, requería más cuidados que los que él podía pedir de ella.

No eran como las mujeres del clan del león, que daban a luz casi por camadas. Esos animales. No, ellos eran Takashi. Grullas orgullosas y familias de escasos, pero brillantes hijos. Como el suyo. Su pequeño heredero.

Acarició el mechón blanco de su hijo y puso en su mano el wakizashi, con un gesto de orgullo que pocos samurai hubieran podido reprimir. Con una perfecta reverencia, como se espera de todo Takashi, el chico cogió la hoja con ambas manos. En derredor, toda la dotación de la mansión, samurai y no samurai, prorrumpieron en aplausos.

- Enhorabuena, Takashi san- habló Ikeda Niimura-. Ahora eres un samurai de pleno derecho.
- Precoz y sobrio como pocos, muchacho- acabó el samurai tras su padre-. Incluso Hoturi tono habría estado orgulloso si hubiera visto tu iniciación.

El joven, en seiza frente a su padre, depositó la espada corta frente a él y se inclinó hasta casi tocar el suelo con la frente.

- Sin embargo, algo os preocupa, padre- musitó.

Ikeda Niimura metió una mano en el kimono y extrajo la carta del magistrado, recibida años atrás. Se la tendió a su hijo en silencio para que pudiera leerla.

- Esta carta llegó hace años, hijo- explicó-. Solo los miembros de alto rango de esta casa saben de su existencia. Ellos y yo hemos estado preparándote y preparándonos para este momento.

El joven abrió la carta y la leyó con rapidez. Su expresión no cambió un ápice.

- Si es mi destino y mi tarea para con el clan y para con vos, padre, así será hecho.

“Amor filial al daimyo. Como si fuera tu padre”, pensó Niimura. “Qué buen vasallo”, pensaban los samurai presentes. Niimura agitó ligeramente la cabeza, alegre por haber pasado el trance con buen fin. Rió con fuerza el samurai tras él, Nakano:

- Niimura sama, acabad con el sufrimiento del muchacho- apremió-. Estará deseando ir a celebrar su mayoría de edad con alguna que otra de las doncellas de la fortaleza.

El joven se sonrojó ligeramente, pero ante la prueba, recobró la compostura y su rubor desapareció casi de inmediato, pero no tanto como para pasar desapercibido.

- Ichiro, la hoja que te ha sido entregada te hace mayor de edad, merecedor del rango de samurai y digno del respeto de la casta noble y guerrera de Rokugan- sentenció Niimura-. A partir de hoy serás conocido con tu nombre de hombre adulto: Takashi Jiroemon Senzaburo Katsurou.

Un rostro sincero

Celis

Un rostro que aporta seguridad y franqueza

No, no es un sensei. Al menos no uno “al uso”.

No, no es un Hachidan. Al menos no… aún.

Y no es un ancestro del Kendô. ¡Y que dure mucho así, por favor!

Pero desde cierto punto de vista, uno muy mío, es más que todo eso. O quizá es todo eso y algo más. Primero, porque la relación con un sensei es diferente a la que se tiene con un profesor. Creo que tengo la suerte de contarle entre mis amigos. Entre los más cercanos y para quienes le conocéis sabéis que eso SÍ es un tesoro (no las zarandajas de Bud Spencer y Terence Hill). Y los que no le conozcáis… ¡ay, lectores! Deberíais estar sintiendo envidia (sana, ¿eh?).

Dentro del dôjô, puedo decir que, dentro de lo bueno (bonísimo) que es estar en un club como Zanshin Madrid, mi experiencia ha mejorado muchísimo. Y el señor que aparece en la fotografía tiene mucha culpa de ello. Como ya le he dicho a él en una ocasión, aunque no puedo equiparar mi práctica a la suya (es mucho mejor que yo), cuando tengo la oportunidad de cruzar shinai con él, mi seguridad en mí mismo crece (sí, dos veces “mi”). Mi aplomo es mayor, todo lo que se ha molestado en enseñarnos aparece como de la nada para ponerlo en práctica. Es una voz digna de ser escuchada.

Utilizaría la palabra envidia para definir lo que siento, pero es que ni en el giro “envidia sana”, me acaba de gustar. Así que buscaré otra… dadme un segundo… ya está. “Encantado de tenerle a mi lado, hombro con hombro, en seiza“.

Togashi Isenokami Mirumoto no Washimitsu, monje con corazón de samurai (I)

mirumotoMon Nadie había aparecido en dos semanas. Nadie, ni siquiera de su clan, para rendir un mínimo homenaje a la samurai-ko. Recorriendo el rostro de Washimitsu, una lágrima desapareció confundida entre las gotas de lluvia fría.

Mientras acercaba una varilla de incienso humeante, el samurái trataba de cubrirla con una mano para que la lluvia no la apagara. Se aproximó a la tabla funeraria de madera blanca para clavarla en la tierra frente a la tumba. Quien la hubiera preparado no se preocupó por resguardarla de las inclemencias del tiempo.

El cielo plomizo, cubierto casi por completo de nubes, jarreaba la tierra con agua de forma incesante. La lluvia era fina, pero constante. El día iba acorde con el ánimo del samurai. Acariciando con levedad las escamas del dragón que llevaba tatuado en la espalda y el brazo izquierdo, un poco de agua se colaba por entre la nuca y el kimono. Contrastando con el frío líquido, la cicatriz que había dejado la marca de sombra a la que se sobrepuso hacía meses abrasaba una vez más, pero esta vez por otros motivos.

Juntó las palmas de sus manos y rezó un sutra en honor a su fallecida compañera, amor perdido. Con un movimiento negativo de su cabeza, se alejó del humilde túmulo.

“El descanso de una guerrera”, pensó el dragón. “Así lo hubiera querido ella”.

Se acercó al precioso y enorme caballo que ella dejara a su cuidado y acarició el triste rostro del animal. Relinchó por lo bajo, como suspirando por su dueña y pegó la cabeza a Washimitsu.

- Sí, Rusalka- habló el samurai, acariciando las crines empapadas-. La echaremos de menos. Y por lo que veo, seremos los únicos.

Con un ágil salto, Washimitsu subió a la yegua, pero cuando estaba a punto de ponerse en marcha, pudo ver en el horizonte, camino abajo, una figura que parecía acercarse corriendo.

- Vamos, chica- animó el samurai.

Apresuró a la yegua en dirección al caminante. La alta figura que corría hacia él levantó un brazo en su dirección, como queriendo saludarle. COn gesto dubitativo, Washimitsu levantó su mano con un ademán de extrañeza en la cara. Al poco, pudo reconocer el rostro del otro. En los labios del Togashi se dibujó una sonrisa de felicidad.

- ¡Munari!- gritó. Rusalka pateó dos veces el barro al oír el nombre, como si demostrase su alegría por el reencuentro.

Washimitsu bajó de la montura y sin decir más palabras, se fundió en un abrazo con el alto muchacho.

- Munari- murmuró-, pensé que no volvería a verte nunca.
- Nunca dejaré que eso ocurra… padre.

Se volvieron hacia la tumba de la samurai-ko. Washimitsu echó a un lado un empapado mechón ya canoso de su cara. Parpadeando a menudo a causa de la lluvia, contemplaron por un momento el lugar donde ella descansaría para siempre.

- Padre, cuéntame cómo ocurrió- pidió el chico-. Cuéntame qué nos ha separado de ella para siempre.
- Agasha san- musitó Washimitsu tirando de Rusalka en dirección de nuevo a la tumba-, te contaré qué es lo que no nos apartará jamás de ella.

dragonMonunicornMon

Así que, ¿cuál es tu camino, amigo?

Llega un momento en la vida de todo artista marcial en el que éste se pregunta ¿qué estoy haciendo yo aquí?

A mi me pasa a menudo, lo reconozco. Llevo trece años de práctica (con un parón no-voluntario de dos) y en los últimos meses, será cosa de la proximidad de un examen, me lo he preguntado en varias ocasiones.

Y en algunas de esas ocasiones esta pregunta puede ser muy peligrosa para el día a día. Uno se mira al espejo, se ve creciendo, haciéndose viejo, meditando de forma diferente acerca de su terreno vital. Lo que ayer era un paseo, hoy es una trocha sin asfaltar, con escalones muy altos y no precisamente cuesta abajo. Y salta la preguntita de marras: ¿qué estoy haciendo yo metiéndome en un campeonato contra bestias feroces a los que saco X años? ¿Qué hay en mi práctica que me hace volver cada día al dôjô? ¿Tengo alguna meta? ¿Quiero ganar algo? ¿Quiero impresionar a las chicas para ir con la más “buapa” al baile de fin de curso?

No.

Aunque pueda poner metas para que esos hitos me ayuden, o ayuden a mi cabeza a seguir con esto, la razón no es un objetivo claro en sí. El objetivo REAL es más difuso. No voy al “gimnasio” para echar brazacos y abdominales “Milka” de los que presumir en la playa o en “GandíaChor”.

Considero mi meta más elevada. Por lo menos en mi escala de valores es menos prosaica y recorre esa trocha difícil de caminar. Pero es que es el camino que he elegido yo. Una trocha que endurece mi espíritu, enaltece mi interior, me ayuda a concentrarme, empuja mi vida personal y enriquece mi experiencia vital.

Mis antebrazos no son grandes; son duros. Mis piernas, resistentes. Mi tolerancia al dolor es mayor cuanto más entreno. Mi sentido del sacrificio es alto. Mi capacidad neuronal de reacción mejora. Como dice el Kendoka de Fortuna, “la relación mano – ojo” tiende a ser instantánea. Quizá no tanto como la de un “jovenzano” de veinte años, pero es que mi camino en el Budô no es un camino de competición. No con ese muchacho joven y fuerte. Es un camino de retos que me pongo yo mismo. Al que respondo todas y cada una de las noches que apago la luz y me quedo a solas con mis pensamientos. Con la pregunta de “¿qué estoy haciendo yo aquí?” colgando en el oscuro techo de la habitación.

Y vuelve otro día de entrenamiento y repito.

¿Por qué? Porque me hace sentir bien. Porque me gusta lo que hago. Porque me rodea gente que comparte mi pasión y la comparte de formas diferentes, o muy parecidas, da igual. De las que puedo aprender siempre, sean nuevos, sean viejos, sean chinos o sean lo que sean. Diversidad. Me hacen grande. Más grande cada día.

Y recordando lo que dice Frandal de vez en cuando, hay otro aspecto del Budô que tiene que ser tenido muy, muy en cuenta. No se puede “pasar de puntillas” por el saludo inicial, por la etiqueta, por el respeto, por ese “estar al pie del barranco”, por el reiho. No somos los “brutos del Kendô“, dando palos en la cabeza a otros “brutos del Kendô“. He aquí otra de las razones por las que creo que nuestro objetivo es más “elevado”. Esto no te va a hacer más guapo, más rico, más de esos valores que se han puesto de moda en los últimos años y que a mi parecer son bastante prescindibles, cuando no deplorables (solo hay que escuchar a determinados elementos decir que los estudiantes deben escoger las carreras que les vayan a reportar pingüe beneficio, no las que quieran estudiar. Esto debería estar penado por la ley…).

Esto proviene de más allá. De tiempos “más civilizados”, que decía Obi Wan y que, de forma tan friki, creo que dibuja una sociedad que en muchos aspectos se ha perdido. La de los verdaderos valores. No eran las mejores sociedades, pero tenían… algo que ahora nos haría mucho mejores.

Respeto por la persona que tienes delante, por las personas con las que practicas, las que están practicando mientras tu miras, mientras tu te preparas para practicar. Respeto.

Hoy en día, se ha perdido desde lo más alto del escalafón social, ese respeto. Los políticos han perdido el respeto por, y citando con su permiso a Jorge Verstrynge,  el respeto por “el motor de la sociedad, que es la gente que trabaja“.

Por esto también creo que nuestro objetivo es más elevado.

No buscamos forrarnos a costa de otros. O algo tan simple como vivir “a costa de otros”. Buscamos compartir. Mi experiencia, tu experiencia, su experiencia, para convertirla en Nuestra Experiencia.

Y así, mi objetivo individual se convierte en un objetivo común. Convierto un gimnasio en dôjô y hago del dôjô mi hogar. Y ese sentimiento nace dentro de uno mismo, sale de nuestro corazón, se enriquece con los sentimientos de los compañeros y vuelve más grande a nuestro corazón. Nuestro ?.

Así, mi pregunta “¿qué estoy haciendo yo aquí?” queda respondida. ¿Y la vuestra?

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Urtoroth Lobopálido

"... y cuando el cielo de la incertidumbre se aclara, ahí está el Vacío verdadero”.
Miyamoto Musashi.

"Lo supremo en el arte de la guerra consiste en someter al enemigo sin darle batalla."
Sun Tzu
 
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